El Barrio Rojo de Amsterdam

Paradójicamente está en el corazón del Barrio Rojo, pocos metros de bares y coffee shops, que todavía no cierran las puertas a los turistas. Depende de la hora, emerge la prostitución holandesa, que parece más elegante.

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En el Barrio Rojo los turistas gobiernan. La mayaría son jóvenes y ruidosos, pera nadie se excede. Señores y señoras de todas las edades van para curiosear a la Sodoma y Gamarra primermundista. Afortunadamente, cerca de ‘las coffee shops y en cualquier rincón de Amsterdam, siempre hay una cafetería para probar repostería holandesa y casi nunca decepcionan.

Un elemento que enrarece más la escenografía son las parrillas argentinas que allí brotan. Con sus letreros rojos son el principal legado de la popularidad de la princesa argentina Máxima Zorreguieta.

Al caminar par la avenida Domkar, la vieja y la nueva arquitectura ya no conviven en armonía. Por el contrario, marquesinas y locales for export tomaron las fachadas de edificios antiquísimas.

Pero lo peor es el ruido de automóviles y ómnibus, que no tienen permitido circular por el resto de la ciudad, y al que cualquiera se desacostumbra con alegría y sin proponérselo.

Entonces hay que refugiarse, a unos pasos, en Jordaan, el barrio que nació obrero y se volvió bohemia. Entre las puestas de Naaderinarkt y de Lindengracht se descubre el mundo de las modestos mercados de Amsterdam. Son más de veinte.

Los canales de Amsterdam vengan el destino trágico de museo y atracción cinematográfica que pesa sobre Venecia y la sumerge. La gente no sólo vive entre los canales; vive en los canales.

Amsterdam es una de las ciudades más densamente pobladas del mundo y, al mismo tiempo, una de las más desarrolladas. De hecho, en 2008 estaba situada en el noveno lugar en cuanto a desarrollo humano, según los números del Indice de Desarrollo Humano que publica anualmente la Organización de las Naciones Unidas.

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Tiene poco más de 2 millones de habitantes y algo más de 600 mil bicicletas. No hay colectivos, hay apenas tranvías, pocos autos y menos ruido. Nadie puede jactarse de haber recorrido la capital holandesa sin siquiera subirse a una bicicleta. Hay que atarlas, claro, porque roban más de 300 por día, pero basta con ajustar un candado para que este medio de transporte del siglo XIX y del XXI duerma en la calle junto a autos de alta gama.

A pie o en bicicleta hay que recorrer los increíbles parques de Amsterdam. Desde el pequeño, silencioso y acogedor patio de Begijnhof hasta la inmensidad de Vondelpark. El primero es un patio rodeado de casas que datan de principios del siglo XIV. La calma no es usual y guarda algo del recogimiento que tienen que haber experimentado las Begijntjes, una hermandad católica de mujeres que tenían un estilo de vida muy similar al de las monjas. Aunque sin dudas el turista desprevenido que hasta allí llegue cargará más alegría.

El otro parque en cuestión es el inmenso Vondelpark tan lleno de turistas como de holandeses. Hay que ir varias veces para descubrir sus rincones. Tiene lagos y árboles. Se calcula que cada año lo pisan 10 millones de personas. Pero cuando uno está ahí, nunca lo nota. Casi siempre reina la paz en Vondelpark y en toda Holanda. Se puede atravesar caminando en menos de una hora. No siempre fue tan grande, ni tuvo tantos rosales.

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